Memoria hoy: pequeños cementerios patagónicos

Por Hans Schulz

“En Santa Cruz, entre el mar y los montes yo he visto el pequeño cementerio de los huelguistas fusilados. Unos, mal enterrados, en la fosa abierta por ellos, asoman la punta del zapato con tierra y lagartijas. Otros, enterrados vivos quizá, una mano de hueso implorante picoteada por los cuervos. Y no es extraño ver a lo largo del camino restos de otros, curioso contenido de la intemperie.”

Raúl González Tuñón, “El cementerio patagónico”, en La rosa blindada (1936)

I

En los dispersos caminos patagónicos los memoriales parecen espectros. Solo invitan a detenerse a los interesados. Los demás siguen viajando en pos de nuevos y maravillosos paisajes. Nadie tiene tiempo para fútiles distracciones. En esta geografía las distancias condicionan.

II

En el último viaje, con nuestros libros y mapas a cuestas, nos detuvimos en el “Cenotafio” de Gobernador Gregores. Homenajea a los obreros y humildes trabajadores rurales asesinados en el “Cañadón de los Muertos” en los alrededores de lo que en aquel entonces se llamaba Cañadón León. Según los estancieros de la zona “la mayoría de los fusilados eran chilenos y alguno que otro europeo”. (Bayer, 1980, pág. 237)
A lo lejos, hacía el este, de distinguía la silueta del cerro Ventana que inmortalizó Musters en uno de sus grabados. Bajo un cielo de nubes plomizas recorrimos el lugar. Un mapa sobre un cartel que el viento había derribado registraba los lugares de represión de las huelgas patagónicas de los años 1920-1921 a lo largo y ancho de la provincia de Santa Cruz.

Entonces recordamos al Tuñón cuando escribió sobre “las caravanas de los desposeídos de la tierra, las largas filas de linyeras forzados, la multitud de todos los países que se dirigió al sur de la tierra en busca del pan y de la muerte…”

En silencio y bajo aquel inmenso cielo sureño no fue difícil imaginarse la crueldad de las acciones, el sonido de las balas, las muecas de helado asombro en los curtidos rostros de los sin culpa condenados.

III

Llegamos a la Anita una semana después, cuando por un camino secundario nos dirigimos desde Calafate al glaciar Perito Moreno. En la historia de las huelgas patagónicas los acontecimientos de La Anita ocupan un lugar destacado. Como escribe Osvaldo Bayer en “la Patagonia Rebelde”: “Hasta principios de diciembre 1921 Antonio Soto dominaba toda la zona del Lago Argentino y del lago Viedma y la navegación de estos dos. Su contingente llegó a tener más de 600 obreros. (…) Soto organizará bastante bien a toda esa abigarrada multitud. Tomó como base la estancia “La Anita” de los Menéndez…”

En esta estancia argentina, recostada sobre la frontera con Chile, se desarrolló el último acto de una tragedia que en todos los niveles transcendió las fronteras nacionales, ¿O acaso los mismos dueños no detentaban la propiedad de campos y frigoríficos a ambos lados de la frontera? Allí, acorralados, y tras una larga y agitada asamblea, la mayoría de los huelguistas resuelven entregarse al ejército argentino mientras que otro reducido grupo cruza a Chile. Se van “como fantasmas en las primeras penumbras del atardecer” relata Bayer en su libro. En los días siguientes los fusilamientos sumarios se sucederán sin cesar.

IV

La historia sucede sobre el espacio y sin geografía no hay historia. Por eso viajar enriquece y es siempre una aventura del conocimiento. Imaginarse las complejas ramificaciones transnacionales de las huelgas patagónicas de principios del siglo XX sobre un territorio tan vasto es todo un desafío.

En este caso los libros de Osvaldo Bayer (“La Patagonia Rebelde”) fueron una contribución esencial. También lo fueron el de Carlos Vega Delgado – “1915, La primera gran huelga natalina” -, el de Marcolín Piado – “Los horrorosos sucesos del 27 de julio de 1920” – y el de Ernesto Maggiori: “Los años de la revolución en Patagonia 1918-1930”.

Si bien en Santa Cruz, entre el mar y los montes, ya no existen los pequeños cementerios de los huelguistas fusilados del poema de Tuñón, los solitarios memoriales que visitamos los rescataron del olvido.

Bariloche 2000